viernes, julio 15, 2005

te amo al cubo

El sol despuntaba en lo alto, pero sus rayos no quemaban la piel, y se dejaba sentir una brisa refrescante en la ciudad. Era un buen día, pero una nube que se acercaba desde el oriente acaso presagiara tormenta.
-Te amo –dijo él.
Luego pasó su mano por la cabeza.
En la otra acera un anciano se echaba un bulto sobre la espalda. El semáforo cambió al color verde y los automóviles se pusieron en marcha. Cláxones, gente. Una ambulancia se abrió paso a toda prisa con la sirena.
-No…
-No qué –interrumpió él.
Alguien, detrás de él, mencionó algo sobre el tiempo con una voz aguda.
-No hagas las cosas más difíciles –completó ella.
-Te amo te amo te amo.
Ella observaba las gotas de la lluvia escurrirse por la ventana empañada, detrás, una pequeña calle que salía a los campos elíseos. Paredes adornadas con reproducciones de Gustave Moureau. Un departamento en un segundo piso de una ciudad europea.
El auricular le pareció una cosa extraña pegada a la oreja.
-Tienes que entender.
En la calle, aguijoneada por la lluvia, un hombre apresuraba a una mujer mientras metía maletas en un fiat de color blanco. Dentro del automóvil, una niña la observó y se despidió con la mano, luego el fiat arrancó y se perdió de vista. Tuvo deseos de salir a mojarse. Deseó que su vida fuera un cielo de inofensivas gotas frías. Luego la voz vibrándole el yunque y el martillo en el interior del oído.
-¿Entender qué? Dime qué debo entender. Explícame.
En la acera, llena de puestos ambulantes, un hombre perseguía con la escoba un papel que el viento iba alejando.
-No me levantes la voz –dijo ella.
Él la imaginó frente a la torre Eiffel, recostada sobre el pasto y leyendo a Baudelaire, en francés, naturalmente. Le distrajo el ladrido amenazante de un perro que no quería perder su alimento entre desperdicios humanos, a unos metros de él.
-La distancia… es la distancia –continúo ella en voz baja, con la visión de un ebrio que quería leer de un papel, valiéndose de la luz del alumbrado público. En las escaleras, fuera del departamento, alguien tarareaba una canción. Dibujó un árbol con el dedo en la parte más alta de la ventana empañada, el follaje era una línea que semejaba un cable telefónico, una línea que era follaje y tronco indefinidamente.
-Al carajo la distancia, te voy a decir lo que sucede: no has podido mantener las piernas cerradas entre tanto francés y desde el remordimiento hablas de la chingada distancia.
Ella veía cómo la lluvia arreció. Miró el auricular entre sus manos. Cómo es que el sonido puede entrar y salir por este aparato, se preguntó. Luego colgó.

Escuchó el sonido intermitente de la línea sin nadie. El paso fugaz de un trailer por el eje vial hizo cimbrar el suelo y todo lo que estaba encima de él.

Salió a la calle, galones de agua en el aire, en las banquetas y todas partes. Agua que se iba por las coladeras, que se despeñaba por las gárgolas de las catedrales góticas. Del cielo negro, el agua. Hacía frió y qué importaba.

Vio una sonrisa infantil y estúpida sobre los hombros de un adulto. El color rojo del semáforo cedía el paso a los peatones. Cruzó el eje vial. Automovilistas impacientes deseaban sumir el pedal del acelerador. La luz del sol, reflejado en un parabrisas, le deslumbró. Entre gente anónima que caminaba a su lado, deseó gritar hijos de puta. No lo hizo y se perdió en las escaleras del subterráneo.

1 comentario:

Laudanum dijo...
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