sábado, enero 17, 2009

Cuento


Noción de la última escena

Sólo era una representación, /tan sólo un acto de teatro, /una simple asimilación de aquel tiempo y ese espacio… Rodrigo González
He sido un sucio forajido sobre el lomo de un corcel; un pirata con un solo ojo terrible y una pierna de palo, sobre el vaivén del mar; he sido asesino por la desesperación que deja la ausencia o el desdén de una mujer; un poeta doliente que acompaña su llanto con música. Mil personajes varios y con todos ellos provoqué arrebatado llanto o risas súbitas, también a veces el público censuraba mis acciones por perversas, pero siempre al final aplaudía mi interpretación. Me valía de unas cuerdas para moverme por la ficción del escenario, el arte de un hombre que añadía fuerza a mi voluntad; y el talento de utileros que cosían los más adecuados vestidos para cada ocasión.

Pero confieso que ahora mismo no entiendo esta trama, este suceder de acciones absurdas. Ahora mismo el hombre que debería ser la extensión de mi cuerpo, de mis extremidades de trapo, me lleva sobre sus hombros (habrase visto espectáculo más aberrante), en lugar de hacerme caminar dando brincos, con ese ritmo que encanta a los infantes, y me hace cruzar un camino custodiado por máquinas de fierro (no, no son de cartón, no son de unicel) que echan humo como las chimeneas, que hacen ruido y llevan en sus barrigas hombres que agitan los brazos para mandarse al diablo unos a otros. A todo esto, hay gigantes esbeltos con tres ojos verticales que quieren poner orden encendiendo el rojo, el amarillo, el verde. Y mi cerebro que es este viejo tambaleante emite risas estúpidas y apesta a aguardiente.

Y sucede que cuando el color rojo cede el paso a los peatones me hace desfilar por entre los carros, me pone a hacer movimientos ridículos sin gracia ni poesía. Y luego extiende la mano entre las ventanas, esperando el favor de una moneda. Pocos se dignan siquiera a mirarnos y menos todavía son los que ofrecen su dinero. Ni aplausos ni vivas ni gritos de júbilo. Pronto el rigor de la máquina hace fosforescer el verde y la ráfaga de autos se agita; tenemos que huir entre ruidos de bocinas a la acera más cercana. Y así este espectáculo grotesco y vergonzoso se repite día con día, sin terceras llamadas ni telones, sin ningún acto valeroso, sin ninguna hazaña épica que no sea la de soportar la humillación.

En la soledad de nuestro cuarto el hombre cuenta, a la luz de una vela, las ganancias del día, apila el metal en montoncitos y los cuenta una y otra vez, luego sale a la calle y regresa con una botella de aguardiente. Yo miro todo esto desde un rincón, donde él me abandona sin importar que mis cuerdas se enreden cada vez más, sin limpiarme; sin preguntar siquiera si deseo un trago, porque yo también tengo recuerdos, como él, que explota en llanto cuando mira una fotografía que libera de su solapa renegrida, luego pega la botella a su boca y da un largo trago.

Sí, yo también tengo recuerdos: cómo me guardaban en un baúl después de limpiarme con el mejor cuidado, con un cepillo retiraban las pelusas de mis ropas y las hacían brillar con aceites. Mi manejador o, mejor, mi padre, la fuerza de mi voluntad, me hablaba con amorosas palabras, cual si se dirigiera a un ser vivo y yo recibía estos mimos con tanta que me parecía entrar en profundo sueño, dichoso. Luego algo pasó, recuerdo fuego, humo que se metía por entre las rendijas del baúl, sirenas, borbotones de agua y al fin una mano que me liberaba. No volví a ver a mi celoso cuidador, me vi vagando de mano en mano, primero vendido, luego simplemente regalado, y yo quería gritar: Así no se trata a un artista, eso está fuera de todo escrúpulo. Pero naturalmente no me oían, y si lo hacían, no querían hacerlo. Así terminé en los hombros de este pusilánime, haciendo gracejadas como los simios.

Ahora mismo se está embriagando, no puede con su cuerpo, se bambolea de aquí para allá y algo dice al espejo para después arrojarle una gárgara de alcohol. Le reclama a las cosas: la silla, la mesa, los trastos, todo, con balbuceos, con risas de ironía. Llega mi turno, no se conforma sólo con atacarme con palabras, sino que me toma entre sus brazos y aprieta con violencia mi cuello de trapo, qué más quisiera yo poder liberarme, pero no me queda sino soportar la fuerza de este loco. Después de un par de bofetadas me arroja por la ventana. Caigo en un charco donde insectos vuelan o se arrastran o copulan; un perro acerca su morro para olfatearme, temo que me engulla, pero recuerdo que sólo soy un muñeco de trapo, insípido hasta para el hambre de este animal, que se aleja sin nada.

Así paso la noche con el cuerpo torcido, sin que alguien me recoja. Allá arriba las nubes atraviesan la luna y me pongo a pensar en lo que haría si mi voluntad tuviera fuerza: sin duda me pondría de pie de un brinco, me sacudiría las hormigas, que ya empiezan a subírseme y escalaría por la pared hasta la ventana, de ahí me le aventaría al beodo y lo ahorcaría con mis cuerdas, de tal manera que sufriera lo mínimo, porque me gustaría ser piadoso; él lucharía sin duda, y yo al oído muy despacito: “cálmate, no hagas ruido, sólo te libero de la tristeza de tu ficción”. Tal vez después probaría el aguardiente en su honor y saldría a terminar con la violencia, a apagar las máquinas, a enamorar doncellas y a componer hermosas odas que merecieran el aplauso y la contemplación de los hombres. Volaría como las golondrinas, nadaría como los peces. Sería libre, libre.

Pero no, el sol empieza a salir, quiero imaginarme que es el trabajo de los utileros, y que no es un astro lejano que entra y sale todos los días con absurda exactitud. Hordas de hombres empiezan a salir de sus guaridas, pasan a mi lado y no advierten mi presencia, no ven que estoy herido y que mis cuerdas necesitan mantenimiento, y limpieza mis ropitas percudidas.

Hasta que un grupo de infantes me descubre, juegan a ver quién se queda conmigo, me jalan las cuerdas, mis extremidades maltrechas, pero al final deciden que no he de ser de nadie. Me conducen a un terreno baldío aventándome de uno a otro por los aires; me conducen por un sendero rodeado de desperdicios. En una barda podrida por la humedad logran con mucho trabajo que me sostenga en mis piecitos, con la espalda recargada en la pared. Y los niños juegan a fusilarme a pedradas, y ni siquiera preguntan mi última voluntad, pediría que montaran un escenario con aquel huacal, que el telón fuera aquel andrajo, las butacas esas piedras, y que contemplaran mi último espectáculo, que aplaudieran; luego entonces que hagan lo que quieran. Pero no, recibo las pedradas por doquier, me patean, me humillan, no se hartan. Por último, uno de estos bárbaros prende un cerillo y me hace arder, empiezo a consumirme. Entonces se hace el milagro: escucho sus aplausos, sus gritos de júbilo, me aclaman.
*Esta es una de tantas versiones de este cuento que aún no redondeo. Uno de sus puntos más flacos es precisamente el título (se aceptan sugerencias).

Crates


Empiezo a llamarme Crates. Después de una relación amorosa que ha movido mis cimientos como artista. El sobrenombre viene de un cuento de Schwob que recrea precisamente la vida del filósofo cínico Crates. Pues bien... se trata de escribir, con el nombre que sea.
Foto: Perla o Hiparquia

Vuelta

No es aquella revista de Octavio Paz ni mucho menos. Sólo es el tardío regreso de Escritorcito. Trastabillando apenas regreso a este blog. Reparto aire aquí y allá con mis labios resecos para quitar el polvo, las telarañas, de estas antiguas letras. Ojalá persistan lector@s, si no habrá que buscar otr@s.

Enhorabuena, y ojalá aún palpite mi voz...

domingo, junio 01, 2008

bálsamos





Y Escritorcito pasó por una crisis literaria, demasiada teoría, demasiada autoexigencia. Necesitaba un arte más inmediato, más desprendible. Y se encontró con un aparatito que parecía capturar momentos, instantes. Y se trataba sólo de accionar un botón, un botón. Así fue fluyendo lo que Escritorcito quería decir, no, decir no, expresar. He aquí unas muestras de ello. De esto que él llama bálsamos.

martes, abril 01, 2008

luces en la marquesina

Estoy viendo llover, con qué pericia los utileros han dispuesto las mangueras en lo alto del escenario, tan escondidas; las gotas son de plástico, no mojan, claro está. Una niña da vueltas en la explanada con fingida libertad, se divierte con lo que parece ser la brisa más alegre de la función. Los carpinteros han construido el cascarón de un alto palacio que simula ser de mármol. Extras entran y salen obedientes del libreto. Una mujer (una marioneta) se sienta a mi lado, y yo quiero aplaudirle porque qué bien figura estar a mi lado. Y me siento satisfecho porque represento el papel de un doliente poeta en un rincón que llena con caracteres de mentiras una hoja en blanco. Más allá de la explanada carros de unicel juegan a rebasarse. Una fea sirena aulla en el toldo de una ambulancia, sin duda el efecto de sonido que anuncia la llegada de un mal augurio, un engaño al ingenuo público, pues en verdad se acerca alguna gracia del payaso: la carcajada como clímax del espectáculo; así vendrán los vítores, los aplausos. Luego caerá el telón por el arte de los tramoyistas, alguien apagará en mi espalda las baterías, y caeré al suelo, tal vez todavía con algo de poética y ensayada gracia.
A Valeria

martes, diciembre 18, 2007

corrector

Ahora soy un corrector de estilo. Me siento a una mesa y reviso que el mensaje que se muestra en las hojas que tengo delante sean inteligibles, claras, a veces hasta bellas. De vez en vez me canso y levanto la vista hacia el cubículo, hacia las copas de los edificios sobre reforma que pueden verse. Y entonces me vienen a la mente frases, pequeñas frases que a veces salen y las escribo en hojas recicladas, con trazo tímido, con ilusión tal vez, lo confieso. Y escucho música que sale desde una mac, esucho a pink floyd, a the doors...

Enseguida bajo la vista, hacia los documentos, hacia los futuros libros que adornarán las bibliotecas, las librerías.

Y de repente, de repente, me acuerdo de bartleby, bartleby; lo recuerdo, pero preferiría no hacerlo.

Quiero frases.

miércoles, mayo 30, 2007

librero


El universo, que otros llaman la librería...


Así es esto, de aquí para allá llevando libros a cuestas, hojeando, habitando entre ideas de grandes hombres, mirando cómo afuera la vida pasa, con la misma sensación de encierro que debió sentir Borges al escribir aquel cuento.


Trabajar... extraños son los hombres.


Esto es así.

Me consuela pensar que está formándose un artista.

miércoles, abril 25, 2007

FONCA

De madrugada, preparando un proyecto, con la ilusión de ser reconocido por el mundillo literarioa, mendigando apoyo, justificando el arte, con una lata de cerveza vacía, con sueño y sin saber.

Este proyecto contempla la elaboración de entre 9 o 12 cuentos que en conjunto tendrán una extensión de entre 100 o 120 páginas. La unidad estará dada por la aparición recurrente, simbólica, de animales arquetípicos de las grandes ciudades (por ello el título del proyecto): moscas, cucarachas, ratas. Se ha suprimido al perro de esta lista porque es un animal doméstico que acompaña al ser humano en múltiples actividades, no necesariamente urbanas; además, en el inconsciente colectivo, no es un animal despreciable, al contrario: se le atiende, se le alimenta, se le acaricia la cabeza.
El proyecto tiene detrás el aforismo de Voltaire, según el cual, “la civilización no suprime la barbarie, la perfecciona”. Pretende negar la idea de que estamos separados del resto de los demás animales, al menos no por nuestras costumbres. Guarda alguna similitud con la noción de los filósofos cínicos de despreciar las costumbres humanas y aproximarse a las de los animales. Se ha elegido a la ciudad como el espacio en donde tendrán lugar las historias, pues representa la idea del progreso humano, el invento más acabado de nuestra especie (ahí el arte, la ciencia, la política, el dinero).
No me interesa la prosopopeya, las voces narrativas no recaerán en los animales, más bien éstos funcionarán como símbolos, como un recordatorio constante de nuestra inevitable condición animal, salvaje. La violencia será algo recurrente. No me refiero estrictamente a una violencia anecdótica, sino a una violencia estructural, la que resulta de las cada vez más deshumanizadas relaciones humanas. Habrá un estilo contrastante entre una elegante manera de narrar y lo narrado: bajos mundos, situaciones límite, miseria, violencia.
Este proyecto busca lo esencialmente humano, no en el progreso o la tecnología, sino en lo que de facto nos permite reconocernos, lo que compartimos con el hombre de las cavernas y el hipotético homo intergalacticus.


Bueno pues... vamos a pensar que sé lo que hago.

martes, febrero 20, 2007

eterna quimera

Me despertó el calor, mi mal aliento, el dolor en la espalda; quizá ya era tiempo de tirar el colchón. Dormir bien es importante, me dije, después de todo en ese estado es donde tienen lugar los sueños. No podía recordar otro día tan caliente. La estamos pagando, pensé, hidrocarburos, bióxido de carbono… nuestros crímenes no podían seguir impunes por mucho tiempo más, algo de cierto debe haber en la justicia que se pregona en el colegio y el catecismo. Así que había que vivir, hacerse un tatuaje, perforarse el glande, fornicar, intoxicarse. Yo estaba caliente, con la verga henchida de sangre y ansiando una mujer en dónde depositar lo almacenado en los testículos.

Hojeé un libraco de poemas que un infeliz me vendió en Coyoacán ¿En qué estaba pensando cuando preferí comprar aquello en lugar de meterme medio pollo rostizado al cuerpo? El mundo recreado en aquellas páginas era demasiado bello: estrellas luminosas, verdes árboles y azules mares, mujeres con cabellos de oro y dientes de plata dispuestas a amar. Tenía incluso un prólogo en el que llamaba a sus hipotéticos lectores, desocupados. Con cuánto gusto lo encararía: “Hey tú, hijo de puta, ¿en qué parte del mundo ves la belleza? ¿No te han enseñado que no se va por la vida engañando a la gente?". Arrojé el libro al suelo, a cualquier parte, quizá alguna utilidad tendría en el futuro, uno nunca sabe en qué momento el intestino va a reclamar la culminación del proceso digestivo. Todo sirve, nada sobra.

Abrí el grifo y fluyó el agua sucia, pestilente, con la que remojé mi cabeza, las axilas, el miembro inquieto que palpitaba en mi mano. Intenté masturbarme, pero pronto me abstuve. ¿Qué clase de sujeto era? Unos instantes antes había reprochado a unos poemas su falsedad y ahora yo pretendía engañarme de tan mediocre forma. La chaqueta es una estafa, lo mismo que el orgasmo: uno pone empeño en el placer y el clímax no dura más que unos segundos, luego vuelve el asco, las malditas ganas de subirse el pantalón. Sabía esto, pero seguían ahí las hormonas una y otra vez con su voz de hembra: mama, fornica, eyacula. Se trataba de vivir, después de todo, pero había que hacerlo de la mejor manera posible. Salí a buscar a una mujer.

De las viviendas escapaba el sonido de los televisores: un hombre trataba de animar a los televidentes, los persuadía de que no se movieran de donde estaban, con el argumento de que pronto habrían de presenciar el mejor partido de la temporada. Era un buen trabajo el del tipo, prometer que las cosas estaban a punto de suceder, emocionar al mundo, procurar tantita esperanza en las buchacas secas. Era eficiente, al parecer toda la ciudad estaba seducida por las promesas de goles y espectáculo; las calles lucían tan vacías como un cementerio o una biblioteca. Sólo algunos despistados o adictos buscando su dosis diaria daban a las calles un mínimo de signos vitales.

De mujeres ni qué decir, no era posible encontrar una, a menos que forzara las puertas de las viviendas, matara a todo lo que se opusiera: maridos, hijos, amantes, llegara hasta ellas y las tomara, pero nada de eso ocurriría, mi deseo no daba para tanto. Sólo anuncios comerciales me acompañaban como celosos inspectores: “disfruta”, “bebe”, “compra”. Y el sonido de algún insecto rondando el caracol de la oreja. No duró mucho el instante en que fui el único ser humano sobre el planeta: un tipo con prisa apareció en la esquina, luego un carro en la calle y una señora que aventaba agua sucia desde la ventana de un cuarto piso.

Caminé por la acera siguiendo las señales blancas y amarillas que prometían un mejor lugar, al menos un destino. Si era inevitable el movimiento, había que hacerlo ordenadamente. O ¿acaso la especie humana es una bestia anárquica? En absoluto, Dios bendiga al semáforo.

Estaba la esposa del panadero recargada en la pared, a un lado el boquete de la accesoria abierta, en donde las teleras se mosqueaban. No mediaron muchas palabras porque yo sabía, por la fama que corría en el vecindario, que era fácil. Tendría 50 años o más, la piel morena, le faltaba uno de los dientes superiores, pero tenía las tetas gordas y la necesitaba. Entré al establecimiento y arreglé cita.

Lentos pasan los minutos cuando el filtro es el apetito carnal. Pensé que había sido un error dejarla sola, que debí haberla asegurado, pero al final tocó la puerta de lámina. Pareció arrepentirse cuando vio basura regada en el piso, el techo manchado por la humedad, excremento de rata en las ruinas de un sillón. Pero había llegado hasta ahí y no sería capaz de irse. La efectividad de la telaraña consiste en que quien la hace conoce bien a sus presas y ella estaba en las mismas circunstancias, incluso más necesitada: yo era joven y ella vieja; seguro que si le decía: “lo siento mucho señora, aquí ha habido una equivocación, lo mejor será que regrese a atender a su negocio y a su marido”, ella terminaría rogando. No se debe jugar con las personas, todavía dije entre mí, luego actué.

Oh, morboso lector, nada hay de extraordinario, pero sáciate. Aquella tarde le conocí, al montarla como a una bestia cuyas riendas eran los cabellos sucios, la cicatriz de un navajazo en la nalga; disfruté lamer sus pies carcomidos por los hongos; fracturé el látex del preservativo en la penetración anal y seguí. ¿Qué más daba? Sólo era un poco de mierda y virus. Había que vivir, acatar procedimientos.

-¿De qué vives? –preguntó la puerca mientras se vestía. Evidentemente se trataba de una pregunta hueca, una rutina de cortesía; o quizá de la pudorosa necesidad femenina de saber quién la ha poseído. De cualquier manera había pedido información y yo iba a dársela. No había razón para no ser amistoso, pero había que aburrirla para que se largara pronto.
-Estudié literatura. Viví un par de meses de dar clases en una de esas preparatorias en donde todos van vestidos de la misma manera y los estudiantes aprenden a obedecer y anudarse la corbata. Pero eso no era para mí, yo un idealista, cercano a la filosofía de los cínicos: Antístenes, Diógenes de Sinope, Crates de Tebas… Pero la verdad es que no tengo agallas, no puedo ser ni caracol ni paguro y llevar mi casa a cuestas; mucho menos encarnar a don Quijote, lanzarme a la calle con una sola idea fija en la cabeza y tratar de realizarla, una idea noble. No puedo entregarme a Hiparquia, a Dulcinea, aunque las busque. Soy un cobarde y vivo mediocremente entre el mundo institucionalizado, temeroso del hambre y el frío. Ahora junto cartón y lo vendo. Nada falta y falta todo…

-Deberías limpiar, esto parece un chiquero.
-tienes razón, la limpieza es para el cuerpo lo que la pureza para el alma…
Recogí del suelo el libro de poemas y leí uno en voz alta:

Preciosa quimera
de aire eres
de noche, de estrella,
de luz es tu mirada,
de esperanza las palabras que imagino en ti

-¿Tú lo escribiste?
-Sí –respondí. Y sonreía.
-Es tarde, yo creo que ya se acabó el partido, mi marido me debe estar buscando. Abandonó el cuarto rengueando, hasta ese momento me di cuenta de que una de sus piernas era más corta que la otra. El ruido del portazo se siguió escuchando en mi mente por algún instante. Luego continué leyendo en voz alta y engolada:

Eterna quimera
De suspiros eres real,
de sonrisas y primaveras,
de tiempo, detalles, sutilezas,
te llevo asida al alma
dulce, bendita quimera,
eres la promesa,
el juramento que se cumple
mi quimera.




César Rubio -México, Febrero 2007-

jueves, diciembre 07, 2006

ciudad oasis

El capricho de una ciudad idiota me había tirado en el suelo de la explanada del palacio de bellas artes. era como estar muerto, entre gente que fotografiaba los monumentos y esculturas, sonreían, paseaban; era también como estar solo, sumido en una contemplación dolorosa por indiferente. Era la certeza de que nada habría de ocurrir, no habría vínculos y la vida seguiría siendo el ruido de automóviles echando humo y frases en tinta negra nacidas por el desconsuelo.

Un hombre me ofreció un papel, por un momento imaginé que se convocaba a una revolución, que habría putazos, escándalo, metralletas, tanquetas, muertes heroicas y al fin se apagaría el ruido de las máquinas, sus carcajadas; pero no el mensaje en el papel algo quería venderme, lo arrugué sin furia, nada me decía.

Tampoco habría una mujer. Todas iban del brazo de hombres que sonreían estúpidamente. La felicidad no es otra cosa que el grado máximo de la estupidez, pero eso no se sabe hasta después, cuando se ha dejado de ser feliz, eso lo sabe todo el mundo y se enuncia a menudo. Pero, cómo se ansía entonces la estupidez o su gemela la inconsciencia. El alivio de no poder darse cuenta.

Anochecía ya, con esa oscuridad que tanto gusta a los bohemios. Hombres y mujeres de buen gusto salían de bellas artes, algún concierto, algún libro, algún autor a punto de morirse; parecían haber disfrutado el espectáculo, la mayoríallevaba en el rostro la expresión de quien ha sido engañado, víctima de una mentira piadosa. El mundo no es bello, debí gritarles a aquellos idiotas, quizá lo hubiera hecho de no comprender y envidiar su estado. La explanada con mármol o algún material similar era un oasis, con monumentos históricos, iluminación artística y paseos mientras llegaba la noche. Un oasis.

Y yo me esforzaba por aferrarme a alguna esperanza. Una mujer me sonrió, pero era una estratagema ruin para que le tomara una foto junto a su amante. Los dos sonrieron y la luz del flash se encargó de capturar la realidad, el instante, para posteriores recuerdos y engaños. Poco tuve que ver con ello, sólo accioné el obturador.

A lo lejos alguien reía, sin control, entre un grupo de amigos que lo secundaban. Tal vez era hora de irme esperaba el oasis de la comodidad de un colchón, un televisor y algún pedazo de carne sazonado a fuego lento.

Sí, era tarde y no había llegado una mujer que me sembrara inconsciencia, que me hiciera sonreír por las plazas públicas y me hicieran contemplar el oasis como la esencia del mundo.... pese a que el mundo se desmorone aquí y allá.

Ciudad, arrójame a otro punto. A donde no desee yo nada.

martes, octubre 24, 2006

fin de cuento inconcluso (inescribible)

Era la espalda como un incesante mar, con pliegues de olas que eran los omóplatos desnudos, con remolinos de delgados vellos que aparecían a fuerza de tanto abrir las pupilas. Un mar profundo y oscuro, inabarcable. Rubio acaso fuera un naúfrago incapaz en la balsa que era ese cuarto, de vez en cuando, como la oración inútil de quien está varado, una frase tecleada en la vieja máquina de escribir; frases que no traducían su pensamiento, vacías porque no establecían complicidad con nada, mucho menos con el cuerpo de la mujer que dormía, como a quinientos mil milímetros.
Una mujer semidesnuda, frente a él, como también la escritura, materializada en esa máquina infernal que mordía con su rodillo una hoja de papel bond.

lunes, octubre 16, 2006

somnífero palabra

Uno está quieto, sin querer nada del mundo, y de pronto llegan, a veces solas, a veces en parejas o parvadas. Esta ocasión fue "somnífero". Sin relación aparente con lo que me rodea, quisquillosa, con tan mal humor que me ha hecho escribir algunas líneas de sus "camaradas". Una revolución, planea una revolución, con todas las palabras que se han pronunciado sobre la tierra. Gema, zodiaco, germen, genocida, jardín, ametralladora, perro, babilonia, sobar, catarro, oscura. Me acosa la llegada de todas ellas, obedientes al llamado de una inconforme vagabunda resuelta a quedarse en mi cabeza. Más rápido, me ordena. Y yo escribo lodo, sombría, paraguas, estrella. ¿Por qué yo?, reacciono, busca a otro infeliz. Pero ya escribo grillete y látigo. Están aquí. Tal vez no quede otra alternativa que el suicidio, amputarse los dedos, o, si no resulta lo anterior, clausurar la luz de las neuronas dejando caer el cuerpo desde un octavo piso o soluciones otras -aquí es de gran ayuda la creatividad de cada uno.
Pero creo que todo es inútil, empiezan ya a juntarse en oraciones: la estúpida noche trae consigo el porvenir de las sociedades descompuestas en posibles teremotos. o: cuatromilquinientas voces levantan el día.
Que se vayan, suplico, pero somñifero no hace caso.

miércoles, septiembre 27, 2006

hagamos novela

Sí, una novela que recree esos momentos nocturnos de caminata, de oasis limpios y bien iluminados que son las tiendas departamentales esparcidas aquí y allá de las avenidas, de ese silencio que hay en el metro cuando el reloj está a punto de marcar las diez, de ese innoble pensamiento que alberga mi conciencia al mirar a una mujer hermosa y lejana caminar en sentido opuesto al mío.
Una novela como la vida misma, como mi propia vida, intraducible, inabarcable, como el tiempo que está por irse, de mis 25 años, mis pobres ansias y mis centímetros. ¿Qué me tiene que importar a mí los demás hombres, sus buenas o malas acciones, sus erecciones, sus lubricaciones, sus pasiones? ¿Cómo podría involucrarme si estoy en un limbo absoluto, con diminutos huecos por donde pasa la luz de algo que quién sabe si sea bueno. Querer comunicarse es como una masturbación colectiva.
Una novela en esos espacios de noche, tecleando miserablemente una máquina de escribir, con música rock como fondo y un foco inocente que alumbre esas páginas embusteras que cuentan lo que no existe. Una novela e instantes de amargura con un poco de canderel que es la literatura. Una novela, un consuelo.
Una novelita que nadie lea, que apenas una sonrisa, que ni siquiera una alegría. Nomás una novela como intento.
Hagamos novela.

viernes, agosto 18, 2006

neoliberalismo NO

Salvavidas de plomo
Texto publicado en La jornada el 18 de agosto de 2006. Es un buen ejemplo de cómo el capitalismo en su faceta más salvaje, el neoliberalismo, arrasa con los países de nuestra América Latina; México no es la excepción, tras el fraude electoral se vienen privatizaciones al por mayor y aún más miseria para la mayoría de la población. No sé cuántos lean esto, pero hay que pasar la voz, organizarse, resistir.

La historia se repite con la soya transgénica y la celulosa: glorias fugaces y desdichas largas
Eduardo Galeano

Según la voz de mando, nuestros países deben creer en la libertad de comercio (aunque no exista), honrar la deuda (aunque sea deshonrosa), atraer inversiones (aunque sean indignas) y entrar al mundo (aunque sea por la puerta de servicio).
Entrar al mundo: el mundo es el mercado. El mercado mundial, donde se compran países. Nada de nuevo. América Latina nació para obedecerlo, cuando el mercado mundial todavía no se llamaba así, y mal que bien seguimos atados al deber de obediencia.
Esta triste rutina de los siglos empezó con el oro y la plata y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo... ¿Qué nos dejaron esos esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, montañas agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vacíos palacios donde deambulan los fantasmas...
Ahora es el turno de la soya transgénica y de la celulosa. Y otra vez se repite la historia de las glorias fugaces, que al son de sus trompetas nos anuncian desdichas largas.

¿Será mudo el pasado?
Nos negamos a escuchar las voces que nos advierten: los sueños del mercado mundial son las pesadillas de los países que a sus caprichos se someten. Seguimos aplaudiendo el secuestro de los bienes naturales que Dios, o el Diablo, nos ha dado, y así trabajamos por nuestra propia perdición y contribuimos al exterminio de la poca naturaleza que queda en este mundo.
Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos están viviendo la fiebre de la soya transgénica. Precios tentadores, rendimientos multiplicados. Argentina es, desde hace tiempo, el segundo productor mundial de transgénicos, después de Estados Unidos. En Brasil, el gobierno de Lula ejecutó una de esas piruetas que flaco favor hacen a la democracia y dijo sí a la soya transgénica, aunque su partido había dicho no durante toda la campaña electoral.
Esto es pan para hoy y hambre para mañana, como denuncian algunos sindicatos rurales y organizaciones ecologistas. Pero ya se sabe que los paisanos ignorantes se niegan a entender las ventajas del pasto de plástico y de la vaca a motor, y que los ecologistas son unos aguafiestas que siempre escupen el asado.

Los abogados de los transgénicos afirman que no está probado que perjudiquen la salud humana. En todo caso, tampoco está probado que no la perjudiquen. Y si tan inofensivos son, ¿por qué los fabricantes de soya transgénica se niegan a aclarar, en los envases, que venden lo que venden? ¿O acaso la etiqueta de soya transgénica no sería la mejor publicidad?
Y sí que hay evidencias de que estas invenciones del doctor Frankenstein dañan la salud del suelo y reducen la soberanía nacional. ¿Exportamos soya o exportamos suelo? ¿Y acaso no quedamos atrapados en las jaulas de Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender?
Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se consagran a un solo producto para la demanda extranjera. Me desarrollo hacia fuera, y del adentro me olvido. El monocultivo es una prisión, siempre lo fue, y ahora, con los transgénicos, mucho más. La diversidad, en cambio, libera. La independencia se reduce al himno y a la bandera si no se asienta en la soberanía alimentaria. La autodeterminación empieza por la boca. Sólo la diversidad productiva puede defendernos de los súbitos derrumbamientos de precios que son costumbre, mortífera costumbre, del mercado mundial.
Las inmensas extensiones destinadas a la soya transgénica están arrasando los bosques nativos y expulsando a los campesinos pobres. Pocos brazos ocupan estas explotaciones altamente mecanizadas, que en cambio exterminan los plantíos pequeños y las huertas familiares con los venenos que fumigan. Se multiplica el éxodo rural a las grandes ciudades, donde se supone que los expulsados van a consumir, si los acompaña la suerte, lo que antes producían. Es la agraria reforma: la reforma agraria al revés.

La celulosa también se ha puesto de moda, en varios países. El Uruguay, sin ir más lejos, está queriendo convertirse en un centro mundial de producción de celulosa para abastecer de materia prima barata a lejanas fábricas de papel.
Se trata de monocultivos de exportación, en la más pura tradición colonial: inmensas plantaciones artificiales que dicen ser bosques y se convierten en celulosa en un proceso industrial que arroja desechos químicos a los ríos y hace irrespirable el aire.
Aquí empezaron siendo dos plantas enormes, una de las cuales ya está a medio construir. Luego se incorporó otro proyecto, y se habla de otro y de otro más, mientras más y más hectáreas se están destinando a la fabricación de eucaliptos en serie. Las grandes empresas internacionales nos han descubierto en el mapa y se han brotado de súbito amor por este Uruguay donde no hay tecnología capaz de controlarlas, el Estado les otorga subsidios y les evita impuestos, los salarios son raquíticos y los árboles brotan en un santiamén.
Todo indica que nuestro país chiquito no podrá soportar el asfixiante abrazo de estos grandotes. Como suele ocurrir, las bendiciones de la naturaleza se convierten en maldiciones de la historia. Nuestros eucaliptos crecen diez veces más rápido que los de Finlandia, y esto se traduce así: las plantaciones industriales serán diez veces más devastadoras. Al ritmo de explotación previsto, buena parte del territorio nacional será exprimido hasta la última gota de agua. Los gigantes sedientos nos van a secar el suelo y el subsuelo.
Trágica paradoja: éste ha sido el único lugar del mundo donde se sometió a plebiscito la propiedad del agua. Por abrumadora mayoría, los uruguayos decidimos, en el año 2004, que el agua sería de propiedad pública. ¿No habrá manera de evitar este secuestro de la voluntad popular?

La celulosa, hay que reconocerlo, se ha convertido en algo así como una causa patriótica, y la defensa de la naturaleza no despierta entusiasmo. Y peor: en nuestro país, enfermo de celulitis, algunas palabras que no eran malas palabras, como ecologista y ambientalista, se están convirtiendo en insultos que crucifican a los enemigos del progreso y a los saboteadores del trabajo.
Se celebra la desgracia como si fuera una buena noticia. Más vale morir de contaminación que morir de hambre: muchos desocupados creen que no hay más remedio que elegir entre dos calamidades, y los vendedores de ilusiones desembarcan ofreciendo miles y miles de empleos. Pero una cosa es la publicidad, y otra la realidad. El MST, el movimiento de campesinos sin tierra, ha difundido datos elocuentes, que no sólo valen para Brasil: la celulosa genera un empleo cada 185 hectáreas y la agricultura familiar crea cinco empleos por cada diez hectáreas.
Las empresas prometen lo mejor. Trabajo a raudales, millonarias inversiones, estrictos controles, aire puro, agua limpia, tierra intacta. Y uno se pregunta: ¿por qué no instalan estas maravillas en Punta del Este, para mejorar la calidad de vida y estimular el turismo en nuestro principal balneario?

lunes, agosto 07, 2006

fraude 2006

Es cada vez más evidente que hubo un fraude electoral en las elecciones presidenciales del 2 de julio. Científicos de varias universidades (la UNAM, sobre todo) han comprobado ya que los números dados por el IFE tanto en el PREP como en el propio cómputo distrital muestran la parcialidad de una institución que debería estar fuera de toda duda. Las ligas entre el consejero presidente y el candidato del PAN están a la vista de todo el mundo. Millones de personas nos manifestamos en la capital de la República en contra de esta simulación electoral. Pero aún así, la versión oficial sigue siendo que las elecciones fueron limpias. INCREIBLE. Las televisoras ponen a López Obrador como un mal perdedor que toma calles por simple capricho y a la vez se erige a Feli-pillo como un demócrata triunfador y pacífico. Esto es peligroso por varias razones, pero la más importante es que se está polarizando a la sociedad lo que irremediablemente terminará en violencia. Se quiere "construir" un país alterno en donde la mayoría de la gente no existe, pero a la que se quiere manipular por medio de spots televisivos y mentiras.
Felipe incitó a la violencia, al odio, al miedo durante su campaña política, pero, en esa misma dinámica, le será mucho muy difícil, sino imposible, detener el alud de suspicacias y opiniones en las que es, cuando menos, un farsante. La campaña publicitaria "si no votas, cállate", entre otras (tienes el valor o te vale), se le está revirtiendo a las televisoras pues fomentaron una participación que quieren contener.
Por otro lado, pasear por los campamentos en contra del fraude electoral, crea emociones distintas, por un lado se ve, por fin, a un pueblo participativo que da alegría, levanta la mano, opina; pero por otro hay una enorme inconformidad y frustración de ver que sus gritos no son escuchados por la clase política del país.
El tribunal electoral decide abrir sólo el 9% de las casillas, en una clara muestra de desprecio a lavoluntad de millones de personas, que no piden un absurdo, sino simplemente tener la certeza de que viven en una democracia, al menos una democracia de partidos. Con argumentos legaloides ofrecen una moneda de baja denominación y hacen crecer las suspicacias. Lo que ahora impera, entre la gente, es que ya todo está arreglado, el ife y el pan metieron las manos en las urnas que se van a contar voto por voto.
Vaya, ni siquiera los panistas se creen la limpieza en los comicios; he platicado con algunos panistas confesos (en realidad en contra de lópez obrador por la mierda que les metió la televisión) y dicen que no les importa el fraude, lo importante era ponerle piedras al señor lópez. Me impresiona ese argumento, porque me lo han dicho personas tan jodidas como yo.
Pero, me da alegría, sé que Felipe no podrá vender el país, si la gente sigue participando hasta ahora.
Por un frente anti-felipe.
Y por el voto por voto, casilla por casilla.